Dos exploradores caminaban con la cabeza gacha para evitar que las ramas les golpearan la cara.
     "Bosque seco tropical. No hay viento. Humedad relativa entre 60% y 75%. 30 °C." decía el primero. Apenas grande en estatura, tenía un aire de seguridad y una sonrisa que hablaba apenas él callaba. Hacía llamarse 'Halcón'.
     "La hojarasca y las rocas sobre el suelo ofrecen refugio a mis amigos favoritos: diplópodos.", el segundo, más pequeño que el primero, tenía la misma sonrisa contagiosa pero más tímida; el cabello le caía como raíces epífitas de un matapalo joven. Hacía llamarse 'Tigrillo'.
     "¿No era yo tu amigo favorito?" preguntó Halcón.
     "No. Te falta el cuerpo segmentado y las antenas.", dijo Tigrillo, entre risas.
     Se adentraron en el bosque en la mañana, buscando un cierto tipo de gallinazo muy común en la región, de cabeza bermellón, y que se había ausentado los últimos meses. Subieron y bajaron montes tortuosos que, aún sin pasar los 300 msnm, les arrebataban el aire a cada paso, como si los árboles pelearan noctívagos por oxígeno. Recogían, en su camino, frutas que les lucían tan apetecibles como aposemáticas.
     "Debe ser por aquí. Mira cómo se han regado trozos de hueso en el suelo. Roídos por las hormigas."
     Tigrillo no contestó por varios segundos, observando su alrededor. "No puede ser." dijo, con sorpresa en su cara. Siguió mirando a su alrededor. "¿Recuerdas lo que nos dijo el viejo en la hostería al pie del bosque? ¡Definitivamente lo es! Mira, no sé si realmente hay tal cosa como el 'Cuchucho', pero las evidencias aquí apuntan a los relatos: todo cerca de un árbol grande de guasmo, los huesos regados, rasguños sobre la corteza y las piedras, la tierra bajo nuestros pies está extrañamente más profunda bajo la cama de hoja caduca, y… ¡hasta yace un ocelote muerto a medio comer!"
     "¡Te has vuelto loco!, respondió Halcón, luego rió. "Todo el camino ha estado cubierto de hojas; aquello no son necesariamente rasguños animales sobre la piedra y la corteza, sino algún explorador despreocupado, o ¡algún chiste de guardabosques para hacer asustarnos! El ocelote no puedo explicártelo, pero alguna extrañeza de este bosque será."
     "Mira las marcas." Tomó un hueso del piso entre sus manos. "Estos son dientes. Un pico de ave no dispone tal fuerza, ni tampoco hay ocelotes tan grandes. Tampoco los ocelotes son caníbales. Los ojos de anteojos no llegan hasta acá abajo."
     "Tigrillo, ¡estas pálido! ¡Cálmate! En verdad, te ha hecho mal escuchar esas historias. Tú, tranquilo."
     "Pero, si en verdad fueran ciertas, hemos entrado al nido de un Cuchucho. ¡No podemos quedarnos ni avanzar! Ahora habremos dejado nuestro olor en su casa como una invitación de '¡síguenos, y mátanos!' Debemos regresar lo antes posible y evitar que encuentre nuestro rastro. ¡El viejo de la hostería sabrá qué hacer!"
     "¡Viejo senil! ¡Hasta se quedó dormido mientras le contábamos nuestra misión!", decía Halcón, desesperado. "Tú, tranquilo, y basta de niñerías que aquí no ha de haber tal Cuchucho. Regresa a tu espíritu explorador."
     "Te equivocas. Mi experiencia que me advierte que aquí no vive sino un mamífero muy grande. Los ojos de anteojos no llegan a estas bajas altitudes. Tu espíritu de explorado debería advertírtelo."
     "¡Pues no! Aquí no lo percibiste, solamente te estás dejando llevar por lo que dijo el viejo. Y no lo creeré hasta que vea uno, vivo o muerto… claro que si realmente existe, prefiero toparlo muerto.", dijo Halcón, un tanto ligero. "Sigamos con la misión." Los exploradores continuaron su marcha por el bosque. Esperando fallidamente observar algún gallinazo por toda la tarde en los puntos de observación asignados, se dieron por vencidos.
     Cansados, decidieron dirigirse a la cabaña de los guardabosques en medio del bosque. "Ojalá haya alguien hoy.", dijo Halcón. Se guiaron de sus entrenados instintos para reconocer todas las marcas que los llevarían hasta el puesto de los guardabosques.  El camino era largo. Comenzó a distinguirse la luna en el firmamento, y la obscuridad les pisaba los talones.
     Cuando al fin llegaron a la cabaña, toda vieja y de madera, notaron que estaba vacía. Consistía en una pequeña sala con una mesa de caña, un botiquín de primeros auxilios, estanterías contra la pared casi desocupadas excepto por un magnetófono; a la izquierda y derecha habían habitaciones, y al fondo estaba el baño. Encontraron unas latas de refrescos carbonatados y una canasta de pan bien cubierta contra las moscas. Y aunque compartían un desdén por las bebidas carbonatadas, el hambre fue más poderosa que el orgullo. Desecharon algunas frutas, dudosamente comestibles, y comieron las otras junto al pan.
     Había una nota sobre la mesa en la pequeña sala que leía: "Estimados señores. El Cuchucho ha estado siguiéndome estos dos días. He bajado a la hostería."
     "¡¿Lo ves?!", dijo Tigrillo,  exaltado. "El guardabosques nos habla de un Cuchucho." El viejo no estaba loco. Tenemos que irnos."
     "¡Tonterías! Aunque exista ese animal del que nos hablan, a esta hora de la noche no se puede." Halcón miró con curiosidad a la nota. "Aún si tienes razón, es mejor quedarnos. Cerraremos todas las puertas y ventanas."
     Tigrillo tuvo que admitir que había razón en que quedarse era la mejor opción.
     Halcón se levantó con parsimonia al magnetófono, y lo revisó. Tras oprimir un par de botones logró hacerlo funcionar y se sentó. Se escuchaba muy tímidamente el 'Andante, en Mi mayor' de los 'Nocturnos Op. 9', tan tímidamente como si tampoco el magnetófono quisiera delatarse a la naturaleza. A los pocos compases se trabó. Tigrillo se levantó, otra vez pero presuroso, para ver qué cómo podía arreglarlo, y después de oprimir otra secuencia errática de botones, se oía el 'Larghetto, en Si bemol menor' de la misma obra.
     "Chopinin…" musitó Halcón.
     Tigrillo volteó la mirada a su amigo. Luego dijo "Chopinesque." "Hasta el miserable aparato," pensaba, "nos está advirtiendo.".
     Los exploradores se dirigieron cada uno a una habitación en la cabaña y trataron de dormir. La preocupación por el Cuchucho, los gallinazos, y la cafeína en su refresco, les hacían difícil cerrar los ojos. Llovió, y comenzó a relampaguear. Halcón daba vueltas sobre la cama, y Tigrillo repetía melodías de su infancia en la cabeza. Después de un largo rato, se dejaron vencer por el cansancio y quedaron dormidos.
     Caída tarde la noche, Halcón, a medio dormir, comenzaba a despertar entre una mezcla de truenos, y lo  que parecían golpes contra la madera de la vieja estructura. Súbitamente, un grito lo terminó de levantar de su cama. Se asomó a la puerta de su habitación, y rompiendo toda somnolencia, vio con terror, y en el parpadeo de los relámpagos, cinco colas anilladas cruzando la sala hacia la habitación en el otro lado de la cabaña. Enseguida, se asomó de vuelta a través de la puerta una silueta negra con el tamaño de un hombre enano; brillaban pequeños ojos rojos, se apreciaban largas garras a través de la oscuridad, y también se distinguía el olfatear de su hocico.